• 2021-09-20
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Cambio de época

Los resultados de las elecciones del pasado 30 de septiembre pueden significar mucho más que la simple renovación de unos escaños en el consejo directivo de la Universidad Externado.

Por: Néstor Osuna.
Profesor ordinario de la Universidad Externado de Colombia.

De mi vida en el Externado recuerdo ya varios momentos con una importante carga simbólica que han sellado el carácter de la institución. No soy, por supuesto, de la generación que le plantó cara al dictador Núñez y fundó en un salón alquilado una escuela de Derecho en las narices del palacio de gobierno, de modo que los profesores que el régimen había echado de la Universidad Nacional pudieran continuar con su servicio docente. Tampoco de aquella que con el profesor Restrepo Piedrahita a la cabeza se tomó la sede de la Radiodifusora Nacional el 9 de abril de 1948, ni de la que desentejó la vieja sede de la Universidad el 27 de mayo de 1969, para protestar contra la presencia en Colombia del vicepresidente de los Estados Unidos, mister Nelson Rockefeler, y que dio lugar a la fundación de un movimiento estudiantil con esa fecha, que evocaba lo ocurrido exactamente un año antes en París.

Pero sí alcancé a vivir como estudiante algunas huelgas universitarias de los años 80 del siglo pasado (“asamblea permanente” era el término que utilizábamos) en las que se reivindicaba desde la rebaja del precio de las matrículas hasta el cambio de los profesores “paquete” que medraban por ahí, y también soy de esos estudiantes a los que de un momento a otro nos tocó asistir, en el día más aciago de la Univerisdad, al funeral de nuestros maestros asesinados en el palacio de justicia.

Néstor Osuna, profesor ordinario de la Universidad Externado de Colombia.

Aún hoy se me quiebra la voz cuando tengo que hablar de esa ceremonia fatal y lúgubre que tuvo lugar en auditorio del bloque “D” de nuestra sede, entonces el más grande que teníamos, y el mismo en el que cuatro años después, ya como novel profesor, estuve en los debates ardientes y fervorosos que condujeron al movimiento de la “séptima papeleta” que dio inicio a la Constitución que hoy nos rige. Estuve también en la asamblea general súbita que convocó en abril de 2012 el profesor Ramiro Bejarano para protestar contra la inminente elección de un nuevo rector sin suficiente consulta a la comunidad universitaria, asamblea que fue también un grito de protesta contra algunos de los candidatos a ese cargo.

En todos esos momentos, más allá del episodio, estuvo presente ese Externado “de base”, rebelde y activo, que no se extingue y que ha superado las adversidades que tantas veces hemos tenido que enfrentar.

Lo del pasado miércoles 30 de septiembre podría parecer muy distinto, porque fue una votación aparentemente muy aséptica, programada, on line, y con cada quien desde su casa. Sin embargo, tuvo esa misma carga simbólica y por tanto vuelve a marcar el destino del Externado.

A pesar del cierre del campus por la pandemia y de todos los obstáculos que los organizadores le pusieron al evento electoral, una abrumadora mayoría de profesores le dio la espalda a la forma como se ha gobernado la Universidad en los años recientes y votó por un cambio de época en nuestra institución. Mi teléfono atiborrado de llamadas remplazó, en la medida en que eso es posible, a esa multitud ruidosa de gentes del Externado que se habrían abrazado, muy ilusionadas, de solo pensar en los cambios que se perfilan a partir de ese resultado electoral.

Creo que los principales cambios que pueden venir para nuestra Universidad, y que los consejeros elegidos no se pueden dar el lujo de desperdiciar, pueden sintetizarse así:

  1. Institucionalización. Es imperiosa una reforma estructural del Externado, para despersonalizar el gobierno de la Universidad y darle la fisonomía institucional que le permita persistir, no ya gracias al liderazgo de un gran prohombre, sino a la combinación de muchas inteligencias que trabajan por una causa común. Nuestra Universidad va a dejar de ser identificada con una persona o una familia, va a ser menos autoritaria en su funcionamiento, más democrática y transparente, y sus estudiantes y profesores serán más altivos y deliberantes. Ojalá todo eso se vea reflejado en un muy pronto cambio de los estatutos y los reglamentos.
  2. Giro. El centro de mando de la Universidad se va a desplazar de la rectoría al consejo directivo. Hasta ahora hemos tenido rectores muy poderosos dentro de la Universidad, tremendamente buenos o tremendamente malos, acompañados de consejos directivos prácticamente inanes, que apenas refrendaban los actos rectorales. Todo indica que esa época llegó a su fin. Las personas elegidas la semana pasada gozan de amplia legitimidad, tienen importantes ideas sobre la transformación de la Universidad y son, en su mayoría, de esos externadistas de base que no creen en cuentos de sangre azul ni le deben vasallaje a nadie. El inminente relevo en la rectoría seguramente dará cuenta de ese giro.
  3. Modernización. Aunque nos duela reconocerlo, el Externado hace rato huele a naftalina. Los sistemas de enseñanza que utilizamos están revaluados hace lustros, la rigidez de los planes de estudio ya no se considera virtuosa y la brecha entre los principios de la Universidad y sus prácticas administrativas es cada vez mayor. Todo eso lo han padecido los nuevos miembros del consejo directivo, así que muchos esperamos, fundadamente, que abran las ventanas del alma mater para que demos un salto de modernización que nos vuelva a identificar con nuestro modo de ser.
  4. Racionalidad. Si algo quedó claro en las pasadas elecciones es que el obstruccionismo para impedir los debates y la apelación a la descalificación, la mentira y el insulto a los contradictores, NO logró persuadir a la mayoría de profesores sobre cómo se construye y mantiene una Universidad respetable y decente, y menos aún a los estudiantes, cuyo espíritu crítico ha sido nutricio siempre para la Universidad. Cuando quienes hoy se refugian en la maledicencia se animen a debatir con la razón, se reencontrarán con el Externado deliberante y riguroso, pero fraternal, que no lograron destruir.

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